Wednesday, February 1, 2012

La cuestión de la Libertad


¿Ahora vivimos en paz? ¿Vive en paz nuestro ser interno? ¿Vive en paz nuestro país? Podrán saltar las respuestas obvias pero también nos detienen a pensar. Por ejemplo: hoy en día, con las tribulaciones que estamos atravesando, se nos dice que la gente vive inmersa en un miedo constante, que la gente ya está cansada, harta incluso; se nos dice que esto está llegando a un límite de consecuencias incalculables. No lo negamos pero también preguntamos, ¿es así en realidad? ¿Hasta dónde la reiteración obsesiva de esta sentencia contribuye a ensombrecer ese clima que rechazamos? Si el miedo es una consecuencia y ha llegado a un punto límite, ¿cuál es su desenvolvimiento? ¿Qué sigue después del miedo? Hay dos opciones.



La gente sale a las calles a cumplir con sus obligaciones cotidianas, salen a trabajar o a buscar un trabajo. ¿Salen de verdad con temor? O el aferrarse a una rutina u obligación nos ayuda a no pensar en ello. O es una fe indescriptible la que hace que muchos “se pongan en las manos del Señor” y que sea lo que Dios quiera. “La vida sigue”, decimos.


 “Si me va a tocar, me va a tocar”, decimos. Podemos salir a la calle. Hasta ahora. Hasta que no promulguen una ley lamentable que le dé total atribución a un presidente para dar el toque de queda ineludible. Con todo y todo, salimos a las calles y tratamos de hacer una vida. Y, contrario a lo que mucho insistimos en poner sobre la mesa, en la mente de las personas habitan otras preocupaciones inmediatas: ¿qué voy a comer?, ¿podré estudiar una carrera? ¿obtendré un empleo que sea de lo que yo estudié? ¿me pagarán lo que me deben?, ¿podrán terminar mis hijos la escuela? ¿cómo le hago para llevarme a la cama a esa mujer? ¿podré rehacer mi vida? ¿encontraré por fin el amor?



No tenemos otra alternativa más que vivir y si es posible, abrigar una esperanza. Sartre dijo que estamos condenados a ser libres. No compartimos su sentencia. Tal vez porque el existencialismo exigía estar enojado consigo mismo, el señor arremetió contra el mundo, amargado. Tal vez porque Dios no lo hizo bello, se vengó de él negándolo. 

La libertad nunca podrá ser una condena. Porque ella cuando se tiene está ahí aguardando a ser activada. Nosotros activamos a la libertad, nosotros le damos vida y significado, no al revés. La condena para nosotros es su contrario: la esclavitud. Mejor dicho, estamos condenados a decidir. Y en el decidir están las consecuencias. Como dice Octavio Paz: “libertad es decir sí o no”. ¿Cuáles son esas dos opciones  que nos ponen enfrente cuando el miedo ya llegó a su límite y no puede más?

Una es: el estallido total, el acabose, el grito en el caos. La instintiva reacción que busca desahogar la opresión. No conduce a nada bueno. La segunda: la indiferencia total, la pasividad desoladora, la conformidad. ¿Cuál de estas dos es la que le va mejor a nuestro país, considerando nuestra historia? ¿Hay otra opción? 

Sí, siempre hay otra alternativa.


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