Es raro.
Se diría contradictorio.
Pero todo el en universo y en el mundo se entre mezcla.
Más ahora. Más en estos días que no tenemos de otra mas que llamar PostModernos.
Como jóvenes nos manifestamos ante la injusticia
generalmente quienes nos manifestamos tenemos dentro un chip del lado izquierdo.
Ese lado izquierdo tiene tendencia a salirse de ecuanimidad y accionar mediante recursos que rememoren "la revolución".
Y la revolución es agresiva.
Porque no hay de otra. Porque los de arriba ignoran. Dan el avión.
Ellos provocan con su indiferencia. Hasta se burlan. Porque saben que tienen más poder, tienen la fuerza.
Y nosotros podríamos tener algo de fuerza. Algunos no contenemos el impulso de incendiar cosas.
¿Será que traemos un gen o información bajada al cerebro de tanto que nos han dicho sobre la opresión de los gobiernos, sobre su desdén hacia los que menos tienen y ahí descargamos tantos cientos de años acumulados?
¿Será que todos tenemos una inclinación desde nuestros orígenes salvajes a agredir y destruir cosas?
De niños más que construir lo que nos place es destruir. O quizá mitad y mitad. Pero arrojamos objetos, abrimos muñecos y máquinas, para explorarlas o por el gusto de ver cómo son sus entrañas.
No que se quiera agredir por agredir.
Hay un chip, hay un código, hay una información en el espacio que se nos ha metido en la que no podemos separar los ideales llamados de izquierda con el deseo de ser rebeldes, revolucionarios.
En cierto sentido pareciera que ser de izquierda y revolucionario no pueden ya separarse. Y ser revolucionario es, ni modo, ser agresivo.
Claro que hay conciencia de que las cosas están mal.
De jóvenes, cuando adquirimos esos conocimientos y aún sin ellos, cuando vemos que las oportunidades son magras, que el mundo no era como nos lo pintaron, salimos del verdadero vientre universal.
La conciencia más clara de la realidad humana se adquiere en la juventud, en la adolescencia. Es la más preclara, la más diáfana.
Por eso tanta presión dentro de uno mismo, ¿qué hacer si todo está mal? Nada es parejo.
Con esa conciencia y esa inocencia admirable que nos convoca a realizar acciones por los demás, está también el deseo irreprimible de ser distinto, de ser único. Y aunque vayamos en protesta o a un concierto y estemos rodeados de otros cientos o miles, nos sentimos distintos a todos.
Paradojas: queremos igualdad pero también queremos distinción.
Queremos que se reparta la riqueza pero queremos ser únicos.
Criticamos a los Estados Unidos (no sin razón) pero somos los primeros en consumir todos sus productos y cultura (nadie estamos exentos, el mundo occidental funciona así), y al mismo tiempo no podemos evitar sentirnos atraídos hacia la música que se creó allá. ante un artista o una banda, sus teléfonos, televisiones, películas y estilo de vida.
Es que tampoco es incoherente señalar lo que está mal y disfrutar lo que nos gusta. El problema surge cuando somos extremos o queremos aparecer así. Pero también un mensaje que no es contundente se diluye.
Se tiene que ser extremo para ser escuchado.
Como jóvenes tenemos un chip interno, inconsciente, que nos llama a querer destruir todo pues todo está mal, todo debe ser reconstruído desde abajo.
La cuestión es que la realidad se nos pone enfrente como una gran muralla y resulta que no se puede hacer eso, resulta que el mundo es así porque así ha sido siempre, porque hay grises y blancos, hay azules y rojos, hay de todo, porque nada puede ser de un solo color, porque todo tiene claroscuros...porque la vida es esta y así es.
Y uno vive su tiempo protestando, marchando, conteniendo el deseo de destruir (tengamos razón o no) porque nos da flojera esa "conformidad" que vemos en los adultos y a la que, lo más probable, arribaremos cuando tengamos un empleo y sobre todo, cuando nos embarazamos y traemos nuevos seres humanos, futuros inconformes como nosotros.
Es curioso como los jóvenes queremos cambiar la forma en que se hacen las cosas y sin embargo en la manera en que llevamos a cabo nuestras reuniones llamadas pomposamente "consejo estudiantil", nos sostenemos con ese mismo lenguaje que inventaron los viejos, muchos ya muertos.
Fraseologías muertas de las que volvermos a echar mano, porque un par de profesores (ancianitos frustrados) nos inyectaron clase tras clase.
Es que nos atrae la revolución.
Nos fascinan los músicos que han cambiado la historia con su música, que de verdad la han revolucionado.
Y cada vez vemos más espacio para dejar nuestra huella única porque ya no existen cosas únicas.
Como si la historia en verdad se hubiese acabado ya.
Como si nos estuviesemos repitiendo, repitiendo, repitiendo.
¿Por qué nosotros los jóvenes tenemos que usar la misma fraseología o verborrea que nos enseñan señores con textos que tienen la edad de nuestros padres? A ellos no les funcionó.
¿Por qué no inventamos algo nuevo?
¿No se supone que somos nosotros el futuro?
¿Cuándo seremos ese futuro?





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